Dijo que un asesino no perseguía a un asesino.
Qué cómo iba a perseguirlo.
Que eso era como si una serpiente se mordiera la cola.
Roberto Bolaño
Estábamos Raúl que yo apodaba “Mr Blonde” por su parecido a Michael Madsen y que se encargaba de contrabandear armas en pacas de ropa del Salvation Army - No creerías lo que se puede pasar para acá en una simple paca de ropa de segunda mano - También estaba Luis alias “Chapito” encargado de distribuir la materia prima y mantenerse en contacto con la gente de Guadalajara y Sonora. Estaba Gonzalo conocido como “Toro” que era tan alto como yo, pero cuya espalda media el doble que la mía, era deprimente para mí estar a su lado, y en aquel entonces "Toro" fungía como leal pistolero de Don Misael y finalmente estaba yo, que me apodaban “Sureño”, “Güacho” a mi espaldas, por el simple hecho de no haber nacido más arriba del Trópico de Cáncer. ¿Qué remedio? Además nuestras diferencias culturales eran por demás evidentes. Sin embargo yo era de confianza para Don Misael y nomás por eso tenían que tolerar mi presencia. Era como un extranjero en mi propia tierra. Mi trabajo en ese entonces era el tráfico de semilla desde Chihuahua hasta Los Mochis y viceversa. Dependiendo de mi estado de ánimo, y de los pitazos, hacía el recorrido de más de dieciocho horas en tren o por la infame terracería. Pero eso era lo de menos por que ambas cosas me gustaban y la paga cubría todos mis excesos. Decía que estábamos todos sentados en la mesa redonda de latón con Don Misael, sin embargo, a pesar de ser redonda, todos sabíamos que él estaba en el centro.
Peor se las cuento, dijo “Toro”, en Guaymas había un trailero que se las olía que su vieja lo engañaba y una tarde le dijo a su vieja que ya se iba y se fue, pero regresó como a las dos horas y encontró a su vieja con otro cabrón. Los agarró sinquechados y les puso la madriza de su vida y, así bichis, los amarró de la parte trasera del traile y los anduvo arrastrando por toda la cuadra. Todos reímos, pero la palabra traición apareció en mi mente como un letrero luminoso y el bocado de jaiba cayó como un plomo dentro de mi estómago. Fui el primero en recobrar la seriedad y para que no se notara le di un trago largo a mi cerveza hasta que la última espuma tocó mis labios.
Eso no es nada, dijo Luis entre dientes y rascándose la frente, su ademán de siempre. En Navomora pasó al revés, la vieja sabía que su vato le ponía los cuernos y aprovechó que él se fue a Obregón para juntar a sus comadres y juntas fueron a buscar a la huicora aquella, Martha se llamaba o se llama, para amanarla y entre todas la tupieron y para rematarla le metieron un puñado de chiltepines en la tataya. A la verga! La quemaron toda por dentro!...al final metieron al bote a la vieja que planeó todo.
Reímos poco, como que sabíamos de lo que era capaz un pequeño chiltepín y la imaginación nos dio para suponer lo que pudo hacer un puñado de, literalmente, ardientes chiles dentro de la vagina de aquella Martha y recordé a una Martha que quise mucho y la imagine apretando con ambas manos su entrepierna, llorando y dando gritos de dolor. ¿Y que le hicieron al trailero de Guaymas? Pregunté. Nada, ahí anda, dijo Gonzalo secamente.
Pero tan bonitas que son las viejas, dijo Don Misael y agregó: yo por eso tengo tres y todos reímos.
Sin embargo, a pesar de las anécdotas y las risas, sabíamos que se avecinaba algo culero y que bien podría ser nuestro ultimo día en este mundo. Todos teníamos la certeza de que era una farsa, pero los constantes ataques del gobierno a los cárteles habían hecho que muchos gallones se dispersaran en busca de plazas nuevas en pequeñas poblaciones y solo había dos opciones para ellos: aliados o muertos. Y ahí estábamos nosotros, que hasta entonces habíamos sido una asociación pequeña pero bien organizada y con muy buenas ganancias.
Estábamos en tregua para no llamar la atención de la prensa y de los soldados, Don Misael había decido negociar luego de muchas bajas en ambos bandos. Íbamos a rematar nuestra mercancía, recibiríamos 500 mil dólares por material que valía fácilmente el millón y medio. Y como última condición desapareceríamos del pueblo.
El plan de Don Misael era el siguiente: asistirían Mr Blonde y él a la reunión programada en el restaurante “El Camarada” con el material en una mochila para laptop. Luis y yo llegaríamos antes, estaríamos atentos a la señal convenida, una vez que ambas partes mostraran el contenido de sus paquetes, y durante la entrega emboscaríamos a los receptores. Suponiendo que los contrarios sí respetaran el código de honor y no llegaran con toda su tropa bien armada. Gonzalo estaría esperando a Don Misael con el carro encendido cerca de la entrada y Luis, Mr. Blonde y yo correríamos a nuestra troca y todos nos reuniríamos en el viejo panteón que está a un lado del Río Negro.
Una emboscada de dos integrantes era poco menos que un suicidio, pero Don Misael estaba dispuesto a todo, incluso a perder el honor ante nosotros y nuestros enemigos. Con el dinero y el material tendríamos recursos suficientes para abastecernos de armas y parque e incluso reclutaríamos nuevos integrantes, no faltan muertos de hambre sin ilusiones ni grandes aspiraciones con ganas de acción, y estaríamos listos para una nueva ofensiva, tal vez muchas, hasta que la muerte nos marcara el alto.
Esa decisión de Don Misael fue la que me hizo no dormir toda la noche anterior. Eso y el hecho de que en mi último recorrido por la Sierra vi salir de una cueva en lo alto de un cerro a un hombre desnudo y mi mente quedó en blanco, fue una revelación como dicen, porque entendí que ese era un hombre libre y cuando Don Misael nos contó su plan desee ser libre y, bueno, cada quien se procura su propia libertad como puede. Dicen que la cárcel perfecta es aquella en la que el prisionero no puede ver los muros, y en ese momento me di cuenta que tan altos eran los míos. Por otro lado, no me hacia feliz el hecho de que Don Misael se tomara la libertad de decidir el destino de nuestras vidas.
Ya te digo cuando Don Misael nos expuso el plan, mis compañeros no se permitieron la duda y casi en coro dijeron que sí y yo guarde silencio. Pero ya todos estaban acostumbrados a que siempre aceptaba algo guardando silencio, el que calla otorga dicen. Nunca pronuncie un si para nadie, ni para Don Misael, solo guardaba silencio y movía la cabeza afirmativamente, aceptaba tácitamente mis ordenes y las ejecutaba con precisión. Pero aquella vez, guardé silencio, no por que aceptara la propuesta, sino por miedo a que se me saliera un rotundo no y mi cabeza rodara en ese instante. Cualquiera: Raúl, Gonzalo o Luis hubieran estado felices de ser mis verdugos. Especialmente Luis, que fue el primero en caer. Podría decir que tenía que poner a la par el orgullo sureño con la necedad norteña.
Por otro lado, Don Misael siempre había sido una persona respetable para mí, hasta podría decir que lo quería y se lo demostré cumpliendo al pie de la letra sus ordenes y lo hice con tanta rabia como con miedo. Veras: la razón por lo que hice lo que hice fue por que no quería morir por una causa que no era mía y que consideraba perdida, pero que no aceptaba entenderlo, sin embargo el recuerdo del hombre saliendo de la caverna y la decisión que Don Misael nos había obligado a aceptar me hizo reflexionar sobre qué quería realmente y yo lo que quería era vivir y morir por mi propia causa. Quería abrirme paso por las mismas llamas del infierno por un simple acto de fe. ¿En quien? En mí por supuesto, porque Dios estaba totalmente fuera de mi ecuación. Y ese acto de fe, fue el que me hizo sostener con mano firme un arma y acabar con seis vidas en menos de una hora. Porque iba a ganarlo o perderlo todo, no había medias tintas, pensándolo bien iba por todo y a costa de lo que se me pusiera en frente. ¿Creerás que la ultima manera como le demostré a Don Misael que lo quería fue perdonándole la vida? Total, más temprano que tarde le llegaría su hora. Pero bueno, eso lo sabes mejor tú que yo.
Llegada la hora arribaron Don Misael y Mr Blonde al restaurante y de una mesa se levantaron seis tipos que había llegado pocos minutos antes. Dos de ellos se los llevaron al baño para verificar que no estuvieran armados y luego se sentaron en la mesa de manera que nuestros compañeros quedaron sentados casi frente a nosotros. A la señal de Don Misael, yo me levanté al baño y preparé las armas. Recuerdo muy bien que evité verme en el espejo por que no quería notar algún gesto de duda o miedo en mi rostro que me impidiera cumplir mi objetivo. Cuando salí ya Luis estaba esperándome y listo al cien. Me acerqué al grupo por la izquierda y Luis por la derecha y con envidiable puntería, a cinco metros de distancia, le reventé la cabeza a los dos primero tipos que me quedaron en frente, al mismo tiempo Luis le atinó a otro en la parte media de la espalda y a un cuarto le dio en el cuello casi a bocajarro. Don Misael, volcó la mesa para cubrirse e hizo que uno de ellos perdiera el equilibrio y cayera a mis pies para ya no levantarse, Mr. Blonde sometió al último y Luis lo remató mientras yo apuntaba a mi alrededor y le pasaba otra arma a Raúl para que vigilara la salida mientras Don Misael se llevaba la mochila y el maletín con el dinero. Ahora que lo recuerdo, aquellos seis murieron aferrados a las cachas de sus escuadras.
Luis y Raúl iban pegando gritos de gusto y mentando madres a quienes se atravesaban en el camino mientras nos dirigíamos al punto de reunión. Yo aproveché que iba en la cabina trasera para meter un nuevo cargador en mi arma mientras los Torbellinos de la Sierra cantaban a todo volúmen su versión de “Carga Ladeada”. Apuré a Luis para que llegáramos antes que Don Misael por que de otra manera tendría que aplicar el plan B y no existía tal plan. Quiso el destino que fuéramos los primeros en llegar al río y ahí los reduje. Por un momento había pensado en dejar con vida a Raúl, era el que me caía mejor, pero simplemente no cabía dentro de mis planes. Como te dije era todo o nada y ya en ese punto del plan era todo o todo.
Recargado en la caja fumé un par de cigarros esperando a que llegara Don Misael. Una vez más el destino intervino y se estacionaron atrás de nuestro mueble donde ya se había repetido el disco de Los Torbellinos. Me acerqué a Gonzalo y le disparé en la cara. No inténte nada Don Misa, le dije mientras abría la puerta. Las manos al frente y tranquilamente baje del carro y por favor deje la mochila y la feria donde están, dije y jalé hacia fuera el cuerpo de Gonzalo que cayó pesadamente en el pasto como lo que era: un toro muerto. ¿Qué crees que haces pendejo? me contestó Don Misael sin atreverse a moverse y con un gesto de miedo y coraje bastante grotesco dibujado en su rostro. En ese momento me pareció que envejecía cien años. Será mejor que se baje Don Misa, le repetí y para demostrarle que era en serio disparé y le hice un agujero al vidrio de su puerta. La otra va pa’usted, le dije y yo creo que si te dan a elegir entre vivir o morir ¿qué eliges?. No me respondas ahora y deja te sigo contando. Temblando, seguramente de rabia, Don Misael bajó lentamente del carro. Quince pasos pa’tras Don Misa, si me hace el favor, le dije. Te vas a morir perro malagradecido, güacho hijo de la mala puta que te parió, me dijo y me tiró una escupida que se quedó a medio camino. Todos vamos pa’lla Don Misa, le contesté, Todos.
Me alejé de ahí con el recuerdo de la figura triste de Don Misael con los brazos caídos esperando la lluvía que me agarró a medio camino. A veces pienso que tal vez si lo hubiera matado, su recuerdo no me pesaria tanto. Sin embargo me preocupaba mas pensar que cada uno de mis actos tendrías sus consecuencias. Aún así hice lo posible por llegar a este lugar ¿puedes creer que tarde tres semanas? Ahora me da risa pensar que pasé un retén militar a bordo de una vieja bicicleta, con cerca de dos millones de dólares sobre mi espalda y una escuadra fajada en la cintura. Dos millones. Y siempre estuve conciente que tarde o temprano vendría a cobrármelos y se me hizo costumbre llevar conmigo mi pistola y mirar sobre mis hombros mientras caminaba por las calles, pero pasó tanto tiempo que conserve la manía y olvidé de quien me cuidaba y finalmente guardé el arma en aquel cajón que está detrás de ti.
Ahora ves que hice un buen negocio por que moví inteligentemente el dinero y el material, no me podrás negar que has pasado un rato delicioso en este lugar y eso que no conociste a Zaira. Una chamaca preciosa y buenísima, pero estaba de paso. Decía que quería llegar hasta Cancún.
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Aquel hombre, el sureño, guardó silencio. Luego levantó la cabeza y miró el cielo raso con detenimiento como si las grietas en el techo fueran letras de un lenguaje olvidado que él pudiera descifrar. Respiró profundamente y dijo algo sobre el destino. No lo recuerdo bien, porque yo estaba concentrado en sus manos, que estaban aferradas con fuerza en el descansabrazos, como si tratara de evitar que, de un momento a otro, todo su cuerpo saliera disparado hacia arriba. Eso me puso alerta y además comenzaba a desesperarme, pues mi tren estaba a pocos minutos de salir. Respiró profundamente de nuevo y dejó salir con lentitud el aire de sus pulmones. Bajó la cabeza y me miró fijamente. Escuché de nuevo su voz, pero ya no era de él, porque parecía como si viniera de detrás de la pared a sus espaldas y dijo: bueno ¿qué esperas?.
Esas fueron sus ultimas palabras, le dispare tres veces en la cara y luego me fui de ahí.

*Titulo de una pieza de José Manuel Aguilera